La fabricación de rodajes —y también, aunque de un modo diferente, de engranajes- es una demostración de la vieja maquinaria industrial moderna que produce (y reproduce) las unidades elementales y constitutivas de sí misma para afirmar su presencia en el mundo. Pero allí donde los últimos tienen por función trasladar una fuerza mecánica de una a otra dirección dentro de una misma máquina, los primeros están hechos para reducir o hacer más dócil la fricción entre las partes, dando lubricidad a movimientos próximos pero en gran medida autónomos.
Extremando los símbolos, y a pesar de su tosca consistencia, esta idea de auto-reproducción de la propia fauna metalmecánica que un rodaje representa, así como su capacidad de dinamizar y hasta hacer amable el hosco y agresivo trabajo maquinal, parecen deslizarse bajo las esculturas que presenta María Fe Flórez-Estrada. La artista produce plantas y flores —emblemáticas imágenes de reproducción- a partir de estas piezas recuperadas (ya sean rodajes de rodillos o de esferas troqueladas de metal) que se incorporan a una estructura estática, pulidas y pintadas industrialmente, de colores enteros casi siempre encendidos.
No obstante, aquí habría que entender la botánica como la extensión de una mecánica distinta. Las esculturas mantienen ?en la aludida quietud del mundo vegetal- el signo de un aparato orgánico silencioso, con movimientos internos de ritmo dilatado y ya no trepidante. Se vinculan así dos tipos distintos de ingeniería y, en el caso de las nuevas formas configuradas, las estructuras nos refieren también al restablecimiento de lo vivo.
Emilio Tarazona
Setiembre, 2008
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